Los ojos curiosos pero inexpertos que se reproducen en la mayoría de las exhibiciones que abundan en el sofocante verano porteño bien podrían suponer que la muestra de Aisenberg, Scafati y Seeber es de una única y genial autora.
Esa unidad unidad y solidez discursiva descansa en el oficio y en la creatividad de la curadora Victoria Noorthoorn, la misma que debió diagramar la exposición de León Ferrari en la última Bienal de Venecia, cuando fue galardonado con el León de Oro.
Aun con caracteres, matices, y materiales diferentes las tres afirman que no existe un soporte único para la pintura. Óleos, paredes, puertas, jarrones, serigrafías, empapelados y hasta sillones obligan al espectador a reposicionarse frente a las pinturas. El título imperativo conlleva el ejercicio físico de descubrir diferentes prismas para ver la misma pieza o bien, para descubrir incluso nuevas obras dentro de la misma pintura.
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