H ay una discusión interesante dando vueltas estos días. Su catalizador o su excusa es una novela no menos interesante: Derrumbe , de Daniel Guebel.
La novela inspiró comentarios de Beatriz Sarlo, de Maximiliano Tomas y de Quintín. Les llama la atención en Derrumbe (Tomas también habla de otros libros) la ostentación autobiográfica. Los tres, a su manera, expresan cierta desconfianza ante esta opción. Tomas, citando una conferencia de Alberto Giordano, propone paliativos o excusas para la "escritura del yo": el narcisismo, dice la cita, se supera a fuerza de intensidad; también son recomendables el pudor y el distanciamiento irónico.
Quintín en su blog afirma -sin mayores explicaciones, como si fuera una evidencia- que lo confesional en Derrumbe obedece a una estrategia publicitaria. Le parece un intento por conquistar la fama "mediante el exceso y la exposición personal como herramientas de cierta demagogia sensiblera".
De entrada, yo no veo tan claro que la exposición personal sea un pasaporte a la fama. El público de Guebel no es el de Isabel Allende. El impudor que se aplaude en ciertos best-sellers puede carbonizar a un escritor "literario", sobre todo si se vincula con la sensiblería. Guebel sabe esto.
Por otro lado, veo demasiado apuro para atacar o justificar lo confesional, sin haber definido lo que realmente importa: ¿de qué clase de "yo", de qué clase de "confesiones" estamos hablando? Porque no hay una, hay incontables "escrituras del yo"; algunas literariamente fértiles, otras no; algunas ya intentadas en nuestra literatura y otras no. No voy a esconder mi idea: creo que la novela de Guebel es profundamente original y abre posibilidades importantes para la narrativa de los próximos años.
Beatriz Sarlo afirma que Derrumbe "carecería de interés, como las confesiones desesperadas de alguien que se limita a lamentar una pérdida, si las escribiera tal como se las cuenta a los amigos." Lo que la salva, para ella, es que es una novela "hiperbólica y cómica". Pero no sólo la comicidad y la hipérbole alejan a Derrumbe del mero relato casual.
Ni Sarlo ni Quintín parecen fijarse en la estructura singular que sostiene el libro. No es una estructura argumental, tampoco una reflexión sostenida.
Se podría hablar de recurrencias o variaciones sobre un tema de fondo. ¿Cuál? El toqueteado, el irresuelto problema de la oposición entre el arte y la vida. El narrador es un pusilánime, el narrador acaba de separarse de su mujer y de su hija, el narrador es un escritor fracasado. Ésa es toda la información relativa al "derrumbe" del título: está en las primeras páginas y poco se agrega después.
En cambio, aparecen las digresiones. Relatos en apariencia desligados de la anécdota central, pero armados con los mismos elementos: una situación desesperante, un artista que renuncia a su arte para resolverla. Así, por ejemplo, es la historia de Primm Ramírez, un músico enfrentado a un dilema: tocar con probidad y morirse de hambre, o bien adoptar los gestos teatrales del tanguero para poder tocar en orquestas típicas y mantener a su familia. Primm –en palabras del narrador– elige "ser un payaso", es decir que opta por su familia.
Unas páginas más tarde, esa idea vuelve a aparecer, aplicada esta vez al narrador: "Mi tragedia es ser un autor cómico por aberración de la forma." Ahora bien, en su elogio del payaso como secreto héroe de la familia, en su propia identificación como payaso incurable, Guebel casi logra hacer olvidar un hecho: el narrador será un payaso, pero no ha salvado a ninguna familia: es un payaso y punto, del mismo modo que su condición de escritor fracasado (si hay tal) no se debe a ninguna renuncia. Hay un intento larvado en Derrumbe de volver éticamente refulgente lo que sólo es producto del azar o el carácter.
Pero, si la apología del payaso es cuestionable, la voz del payaso es misteriosamente liberadora. Y sobre esto cabe hacer una observación: la literatura argentina, por alguna razón, nunca le dio mucho lugar a este lado del Yo. Todo individuo puede ser un payaso, basta con poner en primer plano sus deseos y las limitaciones que el mundo les impone. Un ente infinitamente deseante en un mundo implacablemente limitado, ésa es la definición del payaso. ¿Ejemplos? El protagonista de Viaje al fin de la noche. de Louis-Ferdinand Céline. El Henry Miller de Trópico de Cáncer . Don Quijote. El Sabbath de Philip Roth. El narrador de las novelas de Fernando Vallejo, payaso furioso; los protagonistas de las novelas de Kurt Vonnegut, payasos tristes. Así podríamos seguir un rato.
La literatura rioplatense, en sus líneas dominantes, impuso otra idea del Yo: la idea de Borges, la idea púdica de un Yo que es casi pura perplejidad y observación desinteresada del tumulto. Con pocas excepciones, preferimos explorar la imagen del mundo que aparece en ausencia de un deseo fuerte: un mundo hecho de simetrías, de esquemas recurrentes, de batallas espectrales que se libran cíclicamente.
Pero la voz del payaso existe, y puede contar otras historias. Hoy que la sombra de Borges vuelve por millonésima vez a debatirse, ¿por qué, en vez de intentar obsesivamente desbancarlo en su propio terreno, no fijarse en los lugares que a Borges ni siquiera se le ocurrió pisar? Derrumbe pertenece a esa zona y por eso, además de ser un libro notable, es un acicate para quienes escriben ficción en este país.