Hay que agradecerle a Martín Kohan, flamante Premio Herralde con su novela Ciencias morales, por haberle regalado al auditorio consagrado en la Sociedad de Escritores y Escritoras Argentinos una declaración de principios, un corajudo manifiesto de su escritura en tiempos en los que no abunda ni la más remota afirmación sobre literatura nacional, sobre la propia, la ajena, la actual.
Los mismos aplausos se merece Juan Terranova por oponerse a Kohan, aun con histrionismo, para explicar su credo literario, y su militancia activa contra el canon académico intrínseco (¿e ineludible?) de la licenciatura en letras de la UBA.
Palmas más, palmas menos para Florencia Abbate, la tercera en discordia, y una de las creadoras (y poetisas) más celebradas de la -ya trillada por lo engañoso del término- nueva narrativa argentina, que soportó estoica los embates de uno y otro lado e incluso, los oportunistas del público.
Sin tanto dramatismo hay una noticia y es que después de mucho tiempo hubo un debate, acalorado y necesario entre escritores argentinos. Más precisamente entre aquellos que en los últimos años la prensa cultural –he aquí un mea culpa- se ha ocupado en presentar como un grupo de amigos uniforme recién salidos del secundario. Vale la pena entonces afirmar, aunque suene obvio, que sus estéticas son bien diversas, que su pericia literaria los diferencia y los distingue y que sus documentos ya empiezan a cuestionar la tan mentada juventud.
Instrumental vs. Poético
Habían pasado 20 minutos y la mesa -hay que decirlo- pintaba aburrida. Los tres exponían con criterio las razones de la sensación de repunte que experimenta la literatura vernácula. Sensación tan sólo, porque tal como señaló Kohan el nivel "está muy bien y ya estaba muy bien hace años. Nunca dejó de estar bien, pero sin embargo ahora se percibe un cambio".
Poco después, Mario Goloboff, coordinador de la mesa, hizo la gran pregunta: "¿Existen diferentes líneas o tendencias estéticas entre los nuevos narradores?". Parecía que el diálogo se iba a agotar ahí nomás cuando Abbate señaló que existía una multiplicidad de escrituras, y que "la consideración marginal que la literatura se ganó en los 90'" acabó por unirlos y forzarlos a compartir espacios.
El profesor de teoría literaria Kohan recogió el guante y se sinceró ante el auditorio. "Yo creo que sí hay estéticas. Aunque ya no hacemos ese gesto de autodefinición y de proclama estética. Faltan esas declaraciones de principios, lo que no quita que en los textos las estéticas estén. Yo personalmente veo una heterogeneidad y mis preferencias estéticas en la narrativa argentina contemporánea están con los escritores que tienen algún tipo de relación diferencial con el lenguaje. Así como reclamo cuando veo cine cierto trato diferencial con las imágenes, espero que se plasme esa relación con las palabras en la escritura", explicó didáctico con la claridad que lo caracteriza.
Terranova, hasta entonces amordazado con sus propios papeles que había traído para no salirse del libreto y decir alguna imprudencia, lo interpeló:
JT:−¿Y qué texto no lo plasma?
MK:−Me parece que hay textos que tienen una tremenda relación totalmente instrumental con el lenguaje, sin ninguna sensibilidad para un fin narrativo. No percibo nada del orden de la sensibilidad.
JT:−En una entrevista en Ñ, me parece, dijiste algo parecido. Yo no estoy de acuerdo con esta definición de dos usos del lenguaje. Creo que todos los escritores, incluso los más picapiedras hacen un uso del lenguaje diferenciado en el momento de narrar. Tendrías que dar nombres.
El auditorio se quedó con las ganas una y otra vez de escuchar de boca de Kohan los autores que negaban el uso poético del lenguaje, que prescindían de la meticulosidad del exceso de consciencia imprescindible para elegir una palabra y despreciar otra.
Abbate, por su parte, en su intento por esclarecer la candente categoría y dejar por sentado cuáles son sus gustos, sí tuvo la valentía de nombrar, aunque es cierto que no hizo referencia a un "narrador joven" ni muy querido por el propio ambiente literario. "Yo llamo instrumental a esos libros que parecen escritos para vender, con prisa, cuya finalidad pareciera no tener que ver con el arte. A (Federico) Andahazi, salvo en El anatomista, no le encuentro méritos literarios". Yo me siento enfrente, cerca de (Oliverio) Coelho, de Terranova, que escriben en ese contexto.
El autor de El pornógrafo fue más allá y también delimitó su ideal estético. Aunque luego especificó que lo que más le interesa son las historias, incluso aquellas "tartamudeadas", primero se afirmó negando y oponiéndose más claramente al discurso previo de Kohan, su ex profesor de teoría literaria, por cierto.
JT:−Esa literatura me aburre y me parece que tiende a ser ligeramente onanista.
MK:−Yo creo que un problema social en la Argentina es que la gente no se hace bien la paja.
JT:−Y otras cosas, con esa zona del cuerpo. Pero el onanismo en literatura es medio complicado.
MK:−Se parece mucho......tanto que a veces nada lo distingue.
Risas arriba y abajo del estrado. Fin del primer acto.
2ndo Round: El maldito canon
Una de las coincidencias no menores, claro, entre el trinomio congregado de buenos escritores es que los tres son licenciados en letras de la UBA y los tres ejercen o ejercieron como profesores en la misma casa de estudios. Por eso, alguien del público, quizás con ánimo conciliador después de las divergencias expuestas, les recordó el detalle en común. El espíritu pacificador no sospechó los juicios encontrados que despertaría las instalaciones de la calle Puán, eufemismo para nombrar la Facultad de Filosofía y Letras que los tres coincidieron en señalar como ofensivo.
Pero fue otra vez en torno a las preferencias estéticas que el choque recrudeció. Terranova fue el primero en disparar. "A mí me gustan las historias fuertes. Disfruto mucho las historias. Me costó darme cuenta de eso, porque hice una universidad, donde Martín era profesor (muy bueno, además)...La idea de la narración me permite conocer el mundo, alejarme del aburrimiento, adquirir saberes y me da placer", dijo. Y aunque no fue del todo explícito, se refirió a la "ruina espléndida" de las monografías como género, a las lecturas obligadas, hiper prestigiadas y "super power" de Deleuze, Foucault y Proust. Coronó su diatriba con una sentencia al estilo Fogwill. "Hoy la universidad se parece mucho más a una tapera que a un claustro universitario".
Kohan replegado, defendió la institución universitaria y subrayó con justicia el esfuerzo de los docentes que trabajan por sueldos miserables en un país donde "la educación pública fue severamente agredida".
La autora de Magic Resort y directora de la independiente editorial Tantalia quiso apaciguar los ánimos y concedió para un lado y para el otro. "En un punto la facultad no está destinada a formar escritores. Ahora, si alguien quiere ser escritor es probable que se sienta condicionado. A mí no me pasó, pero es cierto que hay que hacer un esfuerzo para desembarazarse de los prejuicios. Yo ahora puedo decir que prefiero a Capote, pero seguro que alguien de la universidad preferiría que nombrara a Proust o Joyce". Después, con menos fortuna quiso explicar la escisión eterna entre teoría y praxis. "A mí, por ejemplo, me gustaba mucho (Theodor) Adorno, pero si querés desarrollar tu literatura con esos parámetros se vuelve un poco complicado". Kohan la interrumpió con un lacónico pero certero "a mí me fue bastante bien", que pasó desapercibido para casi todos los presentes.
Dejando de lado lo anecdótico de los cortocircuitos visibles que invitan a seguir de cerca las próximas mesas de la SEA, dos sensaciones quedaron flotando en el ambiente.
Por un lado, a pesar de la felicidad consecuente de volver a escuchar un debate, las metáforas, aunque bellas, entorno al onanismo sacaron a flote el nunca perimido sismo entre Florida y Boedo, entre intelectualidad e intuición, más allá de que, como admitió Abbate, ni Borges ni Arlt forman parte del panteón literario de los nuevos viejos escritores.
La única mujer del panel, la que evitó la mayoría de los choques fue la más clara al subrayar que las historias son lo que más le interesa, aunque, por supuesto, ninguna lectura se sostiene sin tener en cuenta de que forma está contada, porque la historia, porque la literatura es forma.
Por último, también sonaron un tanto cuestionables las impugnaciones al canon. ¿Sabrán los "jóvenes narradores" que, a los ojos de los lectores y de los más jóvenes y potenciales nuevos escritores, conforman aun por fuera de la academia una elite ilustrada, un canon nuevo y diferencial? ¿Sabrán además que cualquier discusión teórica sobre literatura, aunque apasionante, tiene un dejo palpable y gozoso de puro onanismo?
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