Revista de Cultura
Sábado 10 May
Buscar
Clarin.com
Google.com

EN LA REVISTA Ñ

John Updike y el país del Apocalipsis

El notable autor de Corre, Conejo eligió el punto de vista del fundamentalismo islámico en su novela Terrorista. Esta mirada provocativa es analizada por el escritor y crítico Robert Stone, de The New York Times, en tanto el propio Updike declara en una entrevista que intentó, "aunque fuera por una sola vez" en su vida, observar a su país "no como alma máter, sino como una cloaca obscena, llena de podredumbre y de extravagancias sexuales".

Por: Robert Stone

John Updike analiza los Estados Unidos en su ficción y sus ensayos desde hace unos cincuenta años y reflexiona sobre su arte e historia al tiempo que documenta sus progresiones volátiles. En añoranzas, ocasionales autodescubrimientos y habituales autoengaños, los personajes de sus novelas y cuentos demostraron la desesperación con que los estadounidenses tratan de encontrar cierto equilibrio ante el cambio vertiginoso. Si se evaluara el trabajo de Updike en términos sociopolíticos ya obsoletos, podría decirse que examina nuestra lucha por conservar un centro viable para la vida interior mientras soportamos la fuerza más revolucionaria de la historia: el capitalismo estadounidense. Según algunas versiones, el término "estadounidización" se acuñó en Francia en el siglo XIX, e incluso en ese entonces parecía rodeado de cierta cautela, de una precaución profética. En la actualidad, nadie que hable de "estadounidización" en el exterior –y muy pocos de quienes lo hacen en los Estados Unidos- , usa el término en un sentido positivo. La palabra "globalización", usada de forma negativa, pasó a hacer las veces de virtual sinónimo.

Qué tan clara fue en realidad la "estadounidización" estadounidense, y qué tan estadounidense sigue siendo, son preguntas que aún no tienen respuesta. Sin duda los Estados Unidos fueron el primer país que experimentó los procesos que ahora se designan mediante ese nombre. Es probable que surgieran de la Guerra Civil y sus consecuencias. Lo que se sugería eran dólares rápidos adquiridos de forma primitiva con dinero nuevo, el implacable sometimiento de la tierra y la población aborigen, así como la confusión, el sufrimiento y el caos que ocasionaron minas, ferrocarriles y fábricas. El término evoca la transformación del paisaje en formas mecánicas artificiales, la conversión de la noche en día, la velocidad por la velocidad misma, una pasión irracional por la novedad a expensas de la calidad, la veneración de la trampa. Lo que para muchos resultó más amenazador fue que la "estadounidización" también implicó hacer a un lado el orden social en aras del lucro, un sistema de clases basado en el dinero, una población desarraigada y dislocada, un desorden caprichoso de las prioridades. Hay personas mayores que pueden dar testimonio, sobre la base de relatos de sus antepasados, de que a muchos estadounidenses tampoco les importaba mucho lo que ahora se conoce como "estadounidización" y de que, irónicamente, algunos responsabilizaban de ello a influencias extranjeras.

Este análisis tiene más relación con una apreciación de la nueva novela de John Updike, Terrorista, de lo que podría pensarse en un primer momento. Una de las cosas más interesantes del libro es su convergencia de consideraciones respecto de cómo es este país y la forma en que aparece. Los puntos de vista son los de un estudiante secundario estadounidense de ascendencia irlandesa y egipcia que está deslumbrado por el Islam; el de un inmigrante libanés mayor; el de del hijo estadounidense de ese inmigrante; y el de un imán yemenita ambiguo que es el profesor de religión del estudiante secundario.

En una escena, el chico, que acaba de graduarse, y su jefe libanés-estadounidense hablan de historia de los Estados Unidos mientras pasan en auto por algunos de los campos de batalla de la revolución. El joven, Ahmad Mulloy, lamenta la victoria de los estadounidenses. Si las colonias hubieran vuelto a la obediencia a Gran Bretaña, dice, el lugar podría haberse convertido en "una suerte de Canadá, un país pacífico y sensato, si bien infiel."

"No sueñes", dice el jefe, que es una figura de conflicto e intriga. "Aquí hay demasiada energía para la paz y la sensatez."

El ámbito en el que transcurre esta parábola del siglo XXI es el norte de Nueva Jersey, el paisaje familiar de ciénagas industriales que albergan los restos decadentes de lo que alguna vez fueron ciudades de inmigrantes que prosperaban. Si bien constituye el opuesto de las orgullosas torres de Manhattan, buena parte le habría servido a F. Scott Fitzgerald como modelo del valle de cenizas de El gran Gatsby, donde desde una cartelera del margen oriental de la ciudad los ojos ciegos del óptico T. J. Eckleburg dominaban las desesperadas idas y venidas de un país desorientado hace ochenta años. Sin embargo, la imagen que anima el cielo de Jersey, tan presente aún en la memoria que puede servir como tótem, es la torre de humo que asciende y reemplaza el dominó alargado que había imperado como un ídolo en la llanura. El 11 de septiembre de 2001 fue el día en que todos los ojos miraron ese cielo y en que murieron centenares de hijos e hijas de Nueva Jersey. Nueva York, al igual que la ciudad de Ad del Corán, recibió un golpe debido a su riqueza y su orgullo, y fue como si el costado oscuro y hostil de nuestras tradiciones religiosas hubiera venido por nosotros para satisfacción de Osama bin Laden y Jerry Falwell.

La presencia invisible pero de alguna forma inmanente del infierno del 11 de septiembre en Nueva Jersey sirve para recordarnos que Updike, cuyo trabajo nunca se apartó mucho de sus preocupaciones religiosas, escribió antes sobre el apocalipsis. En su novela inquietante y no resuelta Hacia el fin del tiempo (1997), presenta unos Estados Unidos devastados por la guerra y el crimen, con un cielo acosado por una segunda luna monstruosa –la llama toro- que pende sobre la tierra como una parodia de la gracia. Los Estados Unidos en los que transcurre esta nueva historia no son tan monstruosos ni surrealistas, pero su agotamiento moral es casi igual de intenso. No son fuerzas metafísicas las que presiden el juicio, sino un conjunto de inmigrantes religiosos, seguros de sus propias convicciones, persuadidos de que éstas les permiten ver más allá de las pretensiones de su país adoptivo y corregir las cosas mediante la matanza. Terrorista no contiene los elementos simbolistas y surrealistas que están presentes en Hacia el fin del tiempo. Sus personajes viven, en su mayor parte, en una Nueva Jersey real y son individuos creíbles.

La madre de Ahmad, Terry, es una aspirante a artista a la que abandonó su marido egipcio y trabaja como asistente de enfermería en un hospital local. Agotada, frustrada tanto en el amor como en el trabajo, tiene poco tiempo para su hijo inteligente y sensible, que la rechaza al llegar a la adolescencia. La única persona que se interesa por Ahmad es el psicopedagogo de su escuela, Jack Levy, que visita la casa de éste con información sobre universidades. Tal vez sea algo difícil creer que ese Jack cansado y al borde de la jubilación, dedique tanto esfuerzo a la suerte de un adolescente hostil. Tal vez sea un tutor demasiado dedicado a su tarea como para parecer verosímil, pero de todos modos Updike lo hace creíble al principio. Poco después se desarrolla un romance entre Levy, que no es feliz en su matrimonio, y Terry Mulloy. Para Jack es un consuelo tardío e inesperado. Para la cínica Terry, en cambio, supone un compromiso limitado.

Mientras tanto, el imán Rashid inclina a Ahmad hacia el manejo de camiones. También responde las preguntas del chico sobre la fe de una forma casuística que molesta a Ahmad, que es una persona religiosa cuya fe tiene rasgos de un misticismo casi sufí. La instrucción religiosa de Ahmad proporciona la oportunidad para algunos largos discursos sobre el Islam en el mundo moderno, una de las áreas didácticas de la novela para la que algunos lectores pueden no tener demasiada paciencia. Pero esos diálogos, así como las reflexiones que generan en Ahmad, sirven a las intenciones de Updike: el análisis de los Estados Unidos contemporáneos expuestos a las pasiones del mundo no estadounidense. Updike puede imaginar muy bien los resentimientos moralizadores que este país alienta en el corazón de quienes al mismo tiempo carecen de privilegios y son tradicionalistas. Por otro lado, la historia no es un catálogo de autorrecriminaciones. Las tensiones están bien equilibradas y los puntos de vista se presentan de forma clara y, en ocasiones, irónica.

A través del imán, Ahmad consigue trabajo en una compañía de muebles propiedad de inmigrantes libaneses. Uno de los viajes que realizan para cargar muebles es la escena de la conversación a la que me referí antes, en el transcurso de la cual el hijo del propietario libanés-estadounidense, Charlie, brinda a Ahmad nuevos elementos sobre los Estados Unidos y las alternativas del Islam, para lo cual resume las campañas de George Washington en 1776-1777 con tal riqueza de anécdotas que los entusiastas del reciente 1776 de David McCullough sentirán que Charlie también lo leyó. Imaginar que lo hizo no resta nada a la caracterización del personaje; en realidad parece lo adecuado. También amplía los fines didácticos de Terrorista, que parecen ser su principal objetivo.

La última parte de la novela está llena de suspenso. Ahí convergen una trama efectiva, que tal vez abuse de las relaciones casuales, una provocación cuestionable y actos de heroísmo de diversa motivación. Parece estar pensada como una fábula, y toda buena fábula exige cierta audacia. Los elementos más satisfactorios de Terrorista son aquellos que nos recuerdan que ninguna cuota de alegatos puede liberarnos de la historia, no importa qué tan desmemoriados o indiferentes podamos ser. Al decidir el destino de imperios, esa historia no admite inocentes y no perdona a nadie.

© The New York Times y Clarín
Traducción de Joaquín Ibarburu

Tamaño de textoEnviarImprimirComentar
Comentarios (0)
Escriba su comentario
Escriba su comentario
La finalidad de este servicio es sumar valor a las notas y establecer un contacto más fluido con nuestros lectores. Los comentarios deben acotarse al tema de discusión. Se apreciará la brevedad y claridad de los textos, y el buen uso del lenguaje: las malas palabras y los insultos no serán publicados.
Términos y condiciones
Aceptar
Nombre (requerido)
Dirección de e-mail (requerido)
Mostrar
Comentario (máximo 512 caracteres)

Updike Básico
Pennsylvania, 1932. Escritor

Graduado de la Universidad de Harvard en Literatura Inglesa con una tesis sobre George Herbert, también cursó Arte en la Escuela Ruskin de Dibujo y Artes Clásicas de Oxford. Trabajó como redactor en la revista The New Yorker, donde se lo reconoció como uno de los más ácidos cronistas estadounidenses. Allí también publicó, en 1960, el ensayo "Los fans de Bid Kid Adieu" (considerado como uno de los pilares de la crónica deportiva). Por sus novelas fue galardonado con el Premio Pulitzer en dos ocasiones: en 1982 por Conejo es rico (1981), y en 1991, por Conejo descansa (1990). Algunos de sus libros son: La gallina de la carpintería (1958), su primer selección de poemas; Corre, Conejo (1960); Parejas (1968); Problemas (1979); Alcanzando la orilla (1983); El libro de Bech (1970), una recopilación de siete cuentos breves; y Aún mirando (2005), entre otros.