Llego a la Fundación Cartier de París y descubro que Patti Smith está ahí en persona, rodeada de cámaras, micrófonos y una multitud de periodistas franceses. Está a la mitad de una conferencia de prensa improvisada. "Nos gustaría que esta sala fuera un centro de actividad", dice,"un lugar para que la gente se siente, hable, sueñe, escriba poesía y haga lo que quiera." Luego presenta a su hijo, Jackson. Este sostiene un micrófono mientras su madre canta un tema llamado Grateful, que en su opinión resume lo que siente ante el pedido de que exponga su trabajo en la Fundación Cartier. Es un gran tema. Llena la galería de sentido. Acto seguido se va seguida por las cámaras y sólo el trabajo queda en el lugar.
Esta importante muestra –nunca antes había expuesto en tal escala en Europa – abarca el período 1967-2007 y consiste en cortometrajes en Súper 8,fotografías, cuadernos, instalaciones, grabaciones y objetos personales que tienen un carácter de talismán para Patti Smith. Se exhibe hasta el 22 de este mes y puede visitarse en Internet en www.fondationcartier.com . Es todo muy bohemio, un poco Lower East Side, pero como cuando el Lower East Side era transgresor y alternativo en lugar de próspero e irónico. Recorrí la muestra durante una hora y media y me fui sintiéndome vagamente insatisfecho.
El problema subyacente es similar al que signó la muestra de David Lynch que se realizó el año pasado en este mismo lugar: ¿esos extraños dibujos infantiles y fotografías más bien superficiales se encontrarían en estas paredes si no fueran obra de Patti Smith? Los fans franceses parecen deslumbrados y reverentes mientras se desplazan en silencio por las salas.
El título de la muestra hace referencia a la cámara Polaroid que Patti Smith usa desde 2002, una Land 250. "Si bien puede ser un poco idiosincrática", escribe en la guía de la exposición, "me gusta la simplicidad técnica. Cerca/lejos. Oscuro/claro." Una selección de sus pequeñas fotografías Polaroid en blanco y negro salpica la muestra. Aparecen dispuestas como al azar, sin enmarcar y colocadas en hileras de cajas de vidrio. No hay información sobre fechas lugares. Algunas son muy bellas en su simplicidad técnica; muchas sólo son interesantes porque las tomó Patti Smith.
Hay una excelente fotografía granulosa de un caballo gris y blanco en un paisaje gris y blanco que podría haber sido una gran portada para el que sigue siendo su trabajo más importante, Horses , de 1975,si el extinto Robert Mapplethorpe no la hubiera adornado con el retrato de una Smith joven y andrógina, una relativa desconocida que ya estaba con-vencida de su fuerza emblemática. Esa seguridad la convirtió en una intérprete de rock singular, cuyos criterios iban mucho más allá de los habituales puntos de referencia del rock 'n 'roll. El linaje poético en el que se inscribe con toda deliberación comienza con los románticos.
"Cuando tenía ocho años", escribe en el texto que presenta la muestra en una pared,"mi madre me dio Canciones de inocencia , de William Blake. Me encantó, y empecé a escribir e ilustrar mis propios relatos."En la actualidad, con más de sesenta años, sigue siendo una artista que venera las influencias que la formaron: Rimbaud, Morrison, Brian Jones, Virginia Woolf y Walt Whitman reciben aquí su cuota de homenaje, si bien la presencia más constante es Mapplethorpe, su amigo, amante y mentor creativo de fines de los 60 y principios de los 70. El cuerpo principal del trabajo se encuentra en una amplia sala en la que los cortometrajes se proyectan en las paredes sobre los dibujos y fotografías, así como en pantallas sobre las cajas que contienen objetos totémicos tales como una máscara funeraria de Rimbaud y una piedra del río en el que se ahogó Virginia Woolf. Los dibujos estilizados son de una belleza extraña y a menudo están adornados con fragmentos de su escritura. Hay un gran autorretrato en el que se parece a Antonin Artaud, uno de sus muchos ídolos. Cerca de él hay una caja de vidrio que contiene, entre otras cosas, una tarjeta que hizo en su adolescencia para Brian Jones y una oda a éste que comienza diciendo: "Había demasiadas sonrisas orgullosas detrás de esos rizos ..."
Abundan los objetos religiosos, entre ellos una corona de espinas, dos pares de pantuflas –uno de un cardenal, el otro de Mapplethorne – y varias imágenes de Cristo crucificado. Es evidente que muchos de los objetos e imágenes tienen una fuerte resonancia personal para Patti Smith –la fotografía que tomó Brancusi, las que sacó ella de la máquina de escribir de Herman Hesse y la cama de Virginia Woolf,pero éstas no tienen de por sí el poder de cautivar al espectador que tal vez no esté familiarizado con el trabajo de Smith o con el entorno visionario que creó para sí y a partir del cual trabaja.
En la media luz de la sala posterior, el simbolismo religioso se agiganta en una instalación dedicada a Mapplethorne que comprende esos dos pares de pantuflas y, sobre ellas, las granulosas fotografías que Smith tomó de éstas. Lo que llama la atención, sin embargo, es la voz de Smith, que es la presencia más fuerte de la sala. Emana de una pieza central velada, una instalación visual y sonora en la que un misterioso paisaje marino se proyecta en dos pantallas mientras su voz recita un largo poema, El mar de coral, que envuelve al espectador. Tal vez sea el único trabajo en el que el visitante puede perderse.
Los cortometrajes de Smith trabajando resultan interesantes si se es un fan. Se puede ver a varios personajes de principios de los años 70, tales como el escritor Jim Carroll y el músico Tom Verlaine. El gran Robert Frank se cuenta aquí entre sus colaboradores, y las imágenes uelven recordarnos, aunque sólo sea en su estudiada postura, la seguridad con la que Smith fue creando su propia mitología, su propia iconografía.
Es nuevamente la voz, que re-suena en la muestra y llega a invadir el espacio superior, lo que constituye el sello de Smith. Todavía nos lleva a detenernos con su urgencia, con su insistencia en la primacía y el poder de las palabras. Y sin embargo, buena parte de la muestra no es visionaria ni admirable; no se sostiene sola sino que el sentido depende de la fama de su creadora.
(c)The Observer y Clarín, 2008.
Traducción de Joaquin Ibarburu.